El Tito en los 90 por Mr Pentland

Acostumbrados a los futbolistas de aspecto hercúleo forjados en gimnasio, los modelos de piel bronceada y sonrisa perfectamente diseñada en el estudio, parece conveniente echar la vista atrás. Los años 90 es esa época en la que el futbolista se debatía entre la autenticidad del fútbol de barrio y la importancia de la imagen, potenciada por el crecimiento de las televisiones. En otras palabras, los 90 fueron aquella etapa en la que el Tato Abadía (menudo, enclenque, con frondoso bigote y cabeza desnuda) podía coincidir en el terreno de juego con Mijatovic y sus kilos de gomina.
En semejante panorama, me dispuse a degustar del partido inaugural de la temporada 97-98 en la grada del viejo Tartiere. Encendí un puro mientras estudiaba las alineaciones. Había mucho que analizar. Pronto llamó la atención el zurdo argentino que había llegado de Boca Juniors. Roberto Pompei, apodado “el Tito”, como si se quisiera quitarle formalismos al nombre.
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El tipo me sorprendió. Parecía salido de un campeonato de tragar cerveza; Con esa curvatura en la zona de la camiseta que colinda con la barriga que descubre una estancia feliz en la vida. Los rizos desparramados por la cabeza y la barba del que le da pereza afeitarse cada mañana tampoco le ayudaban a mejorar la estética. Pero esto del fútbol gira en torno al pelotu, y ahí no había dudas: el Tito se arreglaba. ¡Vaya si lo hacía!
En aquel estrenó le marcó al Mérida. ¡Fantástica parábola! Y  la semana siguiente, otros dos al Zaragoza.
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En esta entrevista a Don Balón que me he encontrado en mi viejo armario de recuerdos habla sobre sus características futbolísticas. Con algo de imaginación, sí. “¿Mi condición  física? Buena, me gusta estar siempre a buen nivel físico”. ¡Más honradez, che!