Marco Torsiglieri

Marco Torsiglieri, mentalidad superior

La adaptación a los contextos en sus inicios, las buenas y malas en Vélez y en Talleres de Córdoba, el crecimiento futbolístico en Europa y la supervivencia con la guerra en Ucrania hicieron que este marcador central se luciera rápidamente en Boca como si tuviera añares en el club.

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Acumuló diversas experiencias durante sus 27 años de vida que le sirvieron para forjar una cabeza diferente a la media. Sin embargo, hubo una, delicadísima por cierto, que lo marcó. Quizá por eso, Marco Torsiglieri no siente presión al ponerse la camiseta de Boca, y juega como si nada, con absoluta naturalidad y soltura, lo que lo llevó a destacarse en sus primeros tres meses en el club. Es probable que, por haber padecido de cerca la guerra –palabra tan dura como lejana de este lado del mapa– entre Ucrania y Rusia en el segundo semestre del año pasado, distinga fácil y rápido qué cuestiones son prioritarias, vitales de verdad.

“Me fortaleció mucho esa situación; me endureció y me potenció. Todos nos calentamos por tonterías, pero superarse a eso día tras día te ayuda para la vida. Ahí valorás el hecho de estar tranquilo en calidad de vida, sea en la Argentina, España u otro país. Si estás en un lugar con buen clima y en paz, vas a rendir mucho mejor en tu trabajo”, confiesa relajado en el café Bonafide, de Parque Leloir, mientras la música que suena bajito invita a liberar emociones.

-Tu paso por Ucrania, en Metalist, hay que dividirlo en dos: uno sin y otro con la guerra. Las diferencias son significativas…
-Sí, las primeras dos temporadas, 2011-12 y 2012-13, fueron muy lindas. Se había armado un grupo bárbaro, lleno de argentinos. Pero el tema se empezó a poner feo en 2014, cuando murieron 100 personas en Kiev (capital ucraniana). Como los primeros seis meses del año pasado jugué en Almería, en España, no viví ese momento en Ucrania. Pero después, para los últimos seis meses de ese año, Almería completó el cupo de extranjeros y volví al Metalist. Ahí se dio lo más complicado: salías a la calle en Járkov, la ciudad en la que vivía, y se veían los tanques de guerra, a los militares con las ametralladoras. Ucrania estaba mal en lo social y en lo político, y no se sabía qué podía pasar.

-¿Cómo fue vivir con la guerra desarrollándose a 250 kilómetros de tu casa?
-Muy Difícil. Estaba con mi novia, Paula, y andábamos para todos lados con los argentinos que se quedaron: Chaco Torres, Villagra y el kinesiólogo, Fernando Dignani. Ahí decíamos: “Si el conflicto se traslada para acá, nos vamos”. La gente del club nos aseguraba que si pasaba algo, agarrábamos las valijas y nos íbamos para el aeropuerto. Y encima, a la guerra se le agregaban los líos en el club: el presidente se había exiliado en Rusia porque tenía problemas con la Justicia, la dirigencia no estaba, no cobrabas…

-¿Por qué te quedaste entonces?
-El campeonato seguía, y si me iba sin rescindir el contrato, me podían multar económicamnte e inhabilitar. De todos modos, el temor no era jugar, sino viajar cerca de la zona de conflicto. En Donetsk, por ejemplo, no se podía estar. Al Shakhtar le rompieron la cancha, le bombardearon todo, y algunos clubes se fueron para Kiev.

-¿Pensabas que podías volar por el aire en un pestañeo?
-Sí, porque nos tomábamos un avión para ir a todos lados. Cuando íbamos para una ciudad cercana al límite con Rusia, lo pensaba y tenía miedo. Fue bravo.

-Imagino que lo futbolístico figuraba en el último plano, ¿no?
-Sí, ni pensás. La familia y los amigos estaban muy asustados. No mentía sobre lo que pasaba y trataba de tranquilizarlos.

-¿Cuál fue el momento más difícil?
-Cuando tiraron el avión malayo y se murieron 295 personas. Ese avión cayó a 120 kilómetros de Járkov, y ahí nos queríamos ir todos, nos asustamos en serio. Por suerte, no estábamos en la ciudad, sino de pretemporada en Viena. Y mi novia justo se había venido para la Argentina. Es más, ella tenía pasaje para regresar a Ucrania el día que derribaron el avión y por eso cambió la fecha de vuelo. Igualmente, hubo otros momentos jodidos: cuando invadieron Donetsk, cuando se hablaba de que podían venir para nuestra ciudad, donde se escucharon dos bombas; y una vez, cuando los militares pararon el micro que nos llevaba a jugar un partido para subirse y confirmar que no éramos rusos. Fue terrible: pasamos de escuchar música a quedarnos todos duros. Eso no me lo olvido más.

-Retrocedamos a un tramo más ameno de tu vida: la infancia. Contanos sobre tus inicios.
-Nací en Capital y arranqué en el baby de Balvanera, por Once. A mis seis años, mis padres se mudaron para Castelar, y empecé a jugar en clubes de baby de la zona Oeste. A mis siete, Guillermo Porcel, un conocido de mi familia, me llevó a probarme a las infantiles de Vélez, en cancha de 11, donde comencé en una categoría más grande porque la mía largaba al año siguiente. Igualmente, estaba acostumbrado a patear con chicos más grandes porque lo hacía en el baby. Ahí, como era bajo, jugaba de delantero y metía goles, y en Vélez me pusieron de marcador central. Por mi forma de jugar, me convenía tener la cancha de frente; y, con el tiempo, aprendí a marcar. Pero a los 11 años, mis viejos se separaron y fue un golpe: quería dejar el fútbol.

-¿Y abandonaste?
-No, porque mi vieja me incitó a que siguiera. Como nos fuimos para Ascensión, un pueblito de seis mil habitantes del Partido de General Arenales, que está 50 kilómetros después de Junín, Vélez aceptó prestarme a Sarmiento, donde estuve en Prenovena y Novena.

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Marca sin pegar y es salida constante. Está a préstamo en Boca por 2015, y el club tiene opción de compra sobre su pase.

-¿Qué es Ascensión para vos?

-El pueblo de mi viejo, Amílcar, de mis abuelos, de mi novia, Paula, y su familia, de mis primos. Yo iba desde chiquito ahí, como también a Junín porque mi mamá, mi abuelo, mi tía y mi hermana, Salomé, nacieron allí. Y el pueblito es como si fuera mi casa, el lugar en el que viví de los 11 a los 13 años. Siempre que puedo, me escapo para allá, porque hay una banda importante que me aguanta.

-¿Alguna anécdota copada en Ascensión?
-Yo trabajé en el pueblo (se ríe). Mi vieja me enseñaba a que me costaran las cosas para valorarlas. Por eso, fui canillita, les ayudaba a hacer la mezcla a unos amigos que eran albañiles, vendía comida y productos de limpieza. Me gustaba hacer eso, porque me ganaba unos pesos y me compraba ropa. Hoy, cuando estoy en Ascensión, me lo recuerdan: “Yo te compraba el diario; yo, la comida”. Por suerte, mis viejos nos criaron muy bien a mi hermana y a mí. Aprendimos a valorar, y sabemos que si queremos algo, lo tenemos que ganar.

-¿Cómo regresaste a Vélez?
-Mi viejo me convenció para que volviera a competir en un mejor nivel, y me fui a vivir para Ituzaingó, cerca de la Villa Olímpica, y arranqué en Octava de Vélez. En Sarmiento, jugué de volante por izquierda, y en Vélez me ponían en esa posición, de 3 y de 5, porque era chico, bajo y técnicamente bueno. Viste que en Vélez te enseñan a jugar… Pero, bueno, a los 14 o 15 años, pegué el estirón y me mandaron a la cueva, a mi posición natural. La verdad es que me sentía más cómodo de marcador central. En Sexta, pegué el salto al entrenarme con Primera, y esa motivación me ayudó a madurar.

-¿Qué te seducía del fútbol a esa altura?
-La competencia, me gusta mucho; ya desde pibe no quería perder a nada, y el fútbol tiene esa competencia sana. El jugador convive con la superación, y su cabeza en la adolescencia es complicada, porque deja de lado muchas cosas. Por eso, es bueno adaptarse a todo. Si se logra, se encuentra la regularidad.

-En Vélez, te costó: debutaste en Primera de 3 en noviembre de 2006, fuiste a préstamo a Talleres de Córdoba al año siguiente, volviste al otro y recién te acomodaste en 2010. ¿Por qué diste toda esa vuelta?
-Fueron cuatro años en los que alterné, sobre todo en Vélez. A ver… Debuté con Russo y, para 2007-08, La Volpe decidió bajar a todos los chicos. Como quería jugar, me fui a Talleres, que estaba en la B Nacional, y me sirvió mucho, porque tuve continuidad. Además, pasé de las comodidades de Vélez a bañarme con agua fría, jugar en una cancha alquilada, no cobrar, que se cambien como a cinco técnicos, que la hinchada te apriete en el vestuario. Y con 18 o 19 años, me chocó, pero me hizo crecer y ser más fuerte. Después, volví, jugué con Tocalli, que me conocía del Sub 20, y cuando Gareca asumió, Sebastián Domínguez y Nicolás Otamendi arrancaron en el equipo. Salimos campeones del Clausura 2009, pero no jugué ni un minuto. Y en 2010, me afirmé.

-Con poco rodaje en Primera, te fuiste para Europa donde jugaste cuatro temporadas y media. ¿Qué incorporaste en ese tiempo?
-Me cambió la cabeza jugar afuera, por el modo de entrenamiento y el cuidado personal. Me compró el Sporting de Lisboa a mediados de 2010, y en la primera práctica, me tiré al piso a barrer, y el técnico la paró y me gritó que no lo hiciera más. Entonces, aprendí a aguantar al atacante hasta el final y no tirarme adentro del área. Si bien siempre me gustó salir jugando, mejoré mucho la técnica y me di cuenta de que el fútbol no es tanta fuerza ni potencia ni gimnasio, sino tener la pelota en los pies. Entonces, eso te lleva a entrenarte bien. Al principio, en Portugal y en España, me costó adaptarme porque los árbitros cobran todo. Olvidate de poner el bracito arriba y del roce. Ahí entendí también que se hace más fácil acompañar a un rival con el cuerpo que ir al choque. La experiencia estuvo buenísima, inclusive en Ucrania, donde el fútbol era más rústico. Pero la temporada que estuve en Almería, cuando nos salvamos del descenso en 2013-14, me encantó porque en España todos los equipos juegan al fútbol.

Familiero, le encanta pescar y tocar el teclado. De hecho, había armado una bandita en Almería con Oscar Ustari en la batería y Sebastián Dubarbier en guitarra para tocar covers de cumbia. Toro, como Germán Montoya lo apodó en Vélez por matarse en el gimnasio, o Zurdo, como Pichi Erbes lo bautizó en broma, es bastante más divertido de lo serio que Gustavo Roberti –el preparador físico y alma del grupo de Boca– lo pintó.

“Soy tranquilo (risas). Me gusta estar serio y metido en mi trabajo. Pero el profe tiene un humor especial que para el grupo es buenísimo. El, Pichi, Pablo Pérez y Agustín Orión son los que rompen el hielo, y está bárbaro”, afirma el 6 que rescindió contrato en Ucrania y se incorporó en febrero de este año a Boca, club del que él y casi toda su familia son hinchas.

-Buscaba una oferta de un club de una liga buena para revalorizarme. Tenía ofertas de equipos del exterior, pero no me convencían; y cuando salió lo de Boca, ni lo dudé. Y estábamos todos contentos. Además, venir a Boca es un cambio, algo diferente por la gente, porque es hermoso jugar en la Bombonera.

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Aspira a ganar títulos en Boca y le gustaría volver a Europa para jugar en un equipo bueno de una liga importante.

-Bueno, no te pesó y te adaptaste bárbaro. Así como Gago, Lodeiro y Osvaldo le dan un salto de calidad en ataque, ¿vos se lo das en defensa?

-No, cuando me toca jugar, trato de hacer lo mío: ser simple, contundente, y ayudar al grupo. Estoy en un equipo de grandes jugadores y, cuando hay buen clima, todo es más fácil.

-¿Qué compañeros te sorprendieron?
-Cualquiera te podría hablar de Gago, Lodeiro y Osvaldo, porque jerarquizan al equipo. Pero me llamaron la atención Cubas y Pavón. Por su personalidad, me pareció que Cubas tenía 100 partidos en Primera, no lo conocía. Y Pavón tiene una calidad impresionante.

-¿Por dónde pasa el negocio del equipo?
-El Vasco Arruabarrena es claro en ese sentido: quiere a un equipo con iniciativa, que tenga la pelota, movilidad y juego, y que cuando la recupere, sea agresivo. Y en cuanto a lo defensivo, pretende que la última línea juegue adelantada, cerquita de los volantes.

-Jugar mano a mano en defensa te expone más al error. ¿Te sentís cómodo así?
-Sí, porque estás más en contacto con la pelota, más participativo en el juego y más cerca de los volantes; me gusta tirarme al medio, cuando se puede. Pero hay que estar atento para anticipar y resolver, porque los centrales somos la última línea antes del arquero.

-¿Le agregaste algún aspecto a tu juego en este corto tiempo en Boca?
-Sí, sumo… El técnico y su ayudante nos piden que salgamos desde abajo con la pelota, por la forma en que nos juegan. Esto, conducción con pelota, ya lo hacía en España, y me gusta. También mejoré en los cambios de frente. Esa era otra cosa que me pedían en España y que me piden acá, lo que marca que el Vasco y su cuerpo técnico tienen una cabeza parecida a la de allá en ese sentido.

-¿En qué deben mejorar?
-Para pelear cosas importantes, debemos tener regularidad en intensidad, dinámica, agresividad, y cerrar los partidos. Lograrlo no es fácil, pero estamos por el buen camino.

-Ganaron muchos puntos en las primeras 10 fechas del torneo local y todos los partidos en la fase de grupos de la Libertadores. ¿Qué conclusión sacás?
-Es bueno acostumbrarse a ganar. Pero de nada sirve si no mantenemos la regularidad. Lo importante es no relajarse.

-¿Cuáles son los objetivos: de mínima y de máxima?
-No hay mínima y máxima. Los objetivos son pelear todos los torneos que afrontemos hasta el final, porque Boca es así. Aspiro a conseguir títulos este año, y me gustaría volver a Europa para jugar en un equipo bueno de una liga importante. Pero hoy, eso último ni se me cruza.

-Si bien diste una definición breve, ¿qué significa Boca en tu carrera?
-Es un paso muy importante. Soy un privilegiado por estar acá, por jugar la Libertadores en un club con tanta historia en la Copa. Disfruto mucho de este momento, porque pasa rápido. Nunca sabés las vueltas del fútbol, a dónde te pueden llevar.

 

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Un recuerdo de diez
La foto, que se puede observar sin restricciones en la cuenta de Instagram de Marco Torsiglieri, denota un momento mágico, único e irrepetible en su vida: haber conocido a Lionel Messi. “Cuando estuve en Almería, nos hicimos muy amigos con Oscar Ustari: andábamos de acá para allá, y almorzábamos casi siempre juntos en su casa –adelanta–. Un día antes de enfrentarnos al Barcelona en nuestra cancha, yo no jugaba porque estaba lesionado, Oscar me pidió que lo acompañara a un lugar después de almorzar. ¿Dónde me llevó? Al hotel donde se concentraba el Barcelona para verlo al Enano. Bueno, pasamos a la habitación de Leo, y sólo hablaron ellos, que son muy amigos, y yo no metí un bocadillo. Imaginate, soy introvertido y tenía vergüenza… Igual, Oscar fue un monstruo: nos sacó una foto sin que le pidiera nada. De todas maneras, yo no le iba a pedir, porque a Leo recién lo conocía e iba a quedar mal. Y al otro día del partido, comimos con Oscar en su casa y me dijo: ‘Tomá, esto es para vos’. Y me tiró una bolsa con la camiseta que Leo había usado. ¡Impresionante! O sea que gracias a Oscar conocí a Messi, me saqué una foto con él, y tengo su camiseta”.

Por Darío Gurevich/ Fotos: Emiliano Lasalvia.

Nota publicada en la edición de mayo de 2015 de El Gráfico

– por Darío Gurevich: 30/05/2015 –
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