Nicolás Lodeiro, genialidad y sencillez

Tras cinco años repartidos entre Ajax, Botafogo y Corinthians, recuperó la alegría por el fútbol en dos meses en Boca. Lejos de su timidez, desmenuza sus vivencias desde gurí hasta hoy, y describe todo lo que no se sabe sobre su vida.

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Nadie lo contó, hasta ahora. A ninguno se le ocurrió investigar para luego publicar la historia del zurdo de pies de cenicienta que provocó una catarata de elogios en apenas dos meses en Boca. Cuando lo presentaron a principios de febrero, un sector acotado de la prensa especializada sólo conocía que surgió y se lució en Nacional de Montevideo, que acumuló poco rodaje en Ajax, que progresó en Botafogo y en Corinthians por llegar al gol, y no tanto más.

Al haber sido elemento de recambio para Oscar Tabárez en el seleccionado uruguayo en los últimos dos Mundiales y en la pasada Copa América, y al haberse seguido a cuentagotas su trajín por Brasil, las imágenes sobre su fútbol se veían en compactos, en los que se destacaba por su técnica y habilidad, por su capacidad para asistir con elegancia y concretar varias de las chances que se le presentaban. Se entendía que era un volante ofensivo que arrancaba por izquierda, pero se desconocían sus características en profundidad, las posiciones que podía ocupar con soltura, su despliegue físico y su disciplina táctica.

Nueve partidos, un gol y un rendimiento sobresaliente en el club más popular de la Argentina –lo que lo expuso en los medios como nunca–, le valieron para mostrarse y apagar el fuego de la incertidumbre. No obstante, Nicolás Lodeiro, que nació hace 26 años en Paysandú –en el interior de Uruguay–, aún detalló poco y nada sobre su infancia, su adolescencia, sus comienzos y sus experiencias en el fútbol, su familia, sus gustos, y sus vivencias en el exterior. Sólo hasta ahora…

“Era un niño de una familia trabajadora que vivía en un barrio humilde. Siempre fui de perfil bajo, de tener muchos amigos, y desde chico ya tomaba mate. Por suerte, no cambié, sigo siendo el mismo. Cuando voy para Paysandú, estoy con mis amigos de toda la vida y vivo en la casa de mi mamá, Isabel”, asevera al empezar a recorrer su intimidad.

-¿Qué te gustaba hacer desde chico?
-Obviamente que jugar al fútbol, pero también practicaba otros deportes: natación, vóleibol, básquetbol, y triatlón en una época. Me gustaba hacer muchas cosas, y cuando no tenía escuela en verano, me anotaba en casi todos los deportes para divertirme con amigos.

-¿Y en qué eras bueno?
-En básquetbol, jugaba de base, pero en Uruguay no tendría mucho futuro y lo hacía por diversión. En vóleibol, me pasaba lo mismo. Ahí si no era armador, me mandaban de líbero; y jugaba bien… Como era muy ágil, defendía bien. Y la natación me gustaba mucho. En verano, me entrenaba a la mañana y a la tarde, y me iba bien, como en triatlón. Pero mi pasión era el fútbol. Si me coincidían los horarios entre los deportes, elegía primero al fubol (modismo que repetirá alguna que otra vez durante la conversación, y que marca su patente charrúa).

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Tenencia, adentro y afuera de la cancha. Jamás soltó esta pelota en 51 minutos de charla.

-¿Qué es Barrio Obrero?
-El club humilde al que me llevaron mis viejos, y quedaba lejos de mi casa. Mi hermano ya había jugado ahí, y trataban bien a los niños; se había armado como una especie de familia. Me llamaba la atención que en el club me dejaban divertirme, pasarla bien; nos hicimos muy amigos con los chicos que jugábamos, y no había ninguna presión. Como mi familia era muy futbolera, mis padres, mis hermanos, mis tíos y mis abuelas siempre me acompañaban. Entonces, jugaba los domingos y todos me venían a ver.

-En Paysandú, en el barrio, ¿con qué pelota jugaban en los picados?
-Con cualquiera… Pero había de todo: pelotas buenas y malas. Igual, los que tenían las buenas, las cuidaban y no las prestaban. Por lo general, después de Navidad y Reyes, aparecían pelotas a lo loco porque todos recibían. A mí la primera me la regaló mi padre.

-¿Cómo llegaste a Nacional?
-Es una larga historia… Yo estaba en mi último año de baby fubol en Barrio Obrero, y Paysandú Bella Vista subió al profesionalismo, entró para jugar en AUF (la entidad madre del fútbol uruguayo), contra Nacional, Peñarol y los demás equipos de Primera, y lo obligaron a tener Cuarta, Quinta, Sexta y Séptima División. Entonces, se me abría una posibilidad, porque ese cuadro quedaba cerca de mi casa, mis amigos del barrio jugaban ahí, y si me fichaban, podía saltar a cancha grande, pasar después a Séptima para jugar en AUF, y así tendría más chances de que me vieran de un cuadro más importante. Como soy de una ciudad que está a cinco horas en auto de Montevideo, no venían a vernos en esa época, no iban a buscar jugadores al interior del Uruguay, a no ser que la estés rompiendo o seas más grande: 16, 17, 18 años. Y yo tenía 11 o 12 en aquel momento, y tampoco iba a ir a Montevideo. Incluso, no había ido nunca. Y, bueno, me fui de Barrio Obrero y me probé en Bella Vista, pero no terminé fichando… Porque a partir de los 13 años, Bella Vista tendría mi pase en su poder, y si quería irme a otro club más adelante, ya sería un tema de negocios.

-¿Cómo siguió?
-Como habíamos salido campeones con la selección de mi ciudad en cancha chica, se ve que alguien de Nacional ya había escuchado mi nombre, y me llevaron a un campamento que se hizo en Salto, una ciudad más arriba que Paysandú. Eramos 100 chiquilines del norte del Uruguay que jugábamos entreverados delante de los entrenadores de las formativas de Nacional, que buscaban jugadores para la Séptima. Imaginate mi felicidad, porque mi familia y yo somos hinchas de Nacional. Y me fue bien, porque al terminar la práctica me preguntaron si podía viajar esa misma noche para Montevideo. Querían que me probara en las juveniles. Yo no entendía nada, y mi viejo me llevó encantado. Nos quedamos tres o cuatro días, hice fútbol, y me dijeron: “Te vamos a llamar”.

-¿Y sonó el teléfono?
-Sí… Me llamaban para ir los días sándwiches, por ejemplo viernes, sábado y domingo, más que nada para no perder el contacto… Yo iba al liceo (secundario) y no podía faltar; y como tampoco podía fichar porque tenía 12 años, me mantuvieron ahí todo el año… Entonces, iba algunos días y me veían jugar. Bueno, cerca de diciembre, me confirmaron que me ficharían a partir de enero, pero con una condición: debía irme a vivir a Montevideo.

-¿De qué jugabas?
-De enganche…

-Ah, la movías, eras bueno…
-Sí, y era como ahora físicamente, chiquito, aunque más gordito.

-En limpio, tu primera vez en cancha de 11 fue en Nacional…
-Sí, al final salí de Barrio Obrero, pero no firmé con Paysandú Bella Vista, y tampoco jugué en la selección de cancha grande de mi ciudad. Me fui antes, libre.

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-¿Cómo fue vivir en la pensión a los casi 13 años?
-Al principio, era todo nuevo. Vivíamos debajo de una tribuna del Parque Central, cancha de Nacional, con jugadores más grandes que me adoptaron enseguida. La pensión no estaba en buenas condiciones, porque a veces el agua salía fría, no había mucha comida, y hacíamos un sacrificio grande. Pero jugaba en Nacional y estaba chocho, feliz.

-¿Cómo te llevabas con la ciudad?
-Tenía otra vida, porque Montevideo era más peligroso que Paysandú, es más parecido a Buenos Aires. Al principio, tenía miedo, no salía de la pensión y hacía las cosas en la cortita… No quería perderme.

-¿Qué experiencias copadas guardás de tu adolescencia?
-Muchas… Había partido de Copa Libertadores en el Centenario, y a nosotros, que éramos chiquilines, nos llevaban de alcanzapelotas. Entonces, estábamos cerca de los jugadores, veíamos el estadio lleno… Después, limpiábamos las tribunas y el gimnasio del Parque Central, prendíamos la caldera… La verdad, nos divertíamos, y cuando teníamos libre, paseábamos por Montevideo.

-¿Quién te moldeó para avanzar en inferiores?
-Alejandro Garay, que hoy es el técnico de la Sub 15 de Uruguay. Fue como un padre para mí, y para los chiquilines que veníamos del interior. Nos insistía para que estudiáramos, nos marcaba lo malo y lo bueno, que también es necesario que te lo digan, y nos orientaba muy bien. Mis padres no podían viajar mucho para Montevideo, y él estaba cerca mío. Lo más difícil es cuando sos chico, porque ves vicios y te podés desviar del fútbol y de la conducta. Por eso, él me encaminó.

-¿Cuándo tuviste la certeza de que llegarías a Primera?
-Sabía que se me abría la posibilidad que todos querían, cuando decidí venirme a Montevideo. Mis familiares me recalcaban: “Aprovechá los momentos, disfrutá, divertite, entrenate bien”. Y entendía que todo dependía de mí, que tenía que andar bien, mantener la buena conducta, y no ser un profesional porque no me pagaban, pero sí respetar una línea. Gracias a la formación que tuve, no me desvié.

-¿Qué aprendiste en cuanto a lo futbolístico?
-Yo venía del fútbol de interior y me quería driblear a todos y hacer goles de taquito cuando íbamos ganando. Pero en las formativas de Nacional me enseñaron qué es un equipo, a jugar en mi posición, a que no se puede hacer lo que querés en la cancha. Jugaba para el cuadro más grande del Uruguay, y si bien no te obligaban a ser profesional, te transmitían fundamentos para terminar siendo el jugador que ellos querían.

-Pese a que sos introvertido, tenés personalidad y vas al frente. ¿De quién o quiénes lo heredaste?
-De mis padres. Si sabían qué querían, le metían para adelante hasta conseguirlo. Ellos me transmitieron esto.

-Cuando hablás sobre tu padre, Alfonso, que era cantinero, que ya no está físicamente con vos, te referís con mucho cariño. ¿Qué valores él te traspasó?
-Lo que soy hoy es gracias a él. Me enseñó a tener humildad, a hacerme respetar, a decir las cosas de frente (se le humedecen los ojos)… Fue el encargado de lo que yo soy.

-¿Qué anécdota recordás junto a él?
-La más linda se dio en el 2009, cuando cumplí un sueño y al mismo tiempo se lo hice cumplir a él. Mi padre jugaba al fubol de joven y era hincha de Nacional… Todavía tengo su imagen después de ganarle la final a Defensor y salir campeón con Nacional: él estaba adentro del vestuario con todos los jugadores, y nos abrazábamos con la copa, saltábamos, festejábamos… Se parecía a un gurí, a un chico, porque se divertía, me tiraba agua…

-Lo rejuveneciste, entonces…
-Claro… Esa cara de él de felicidad es el recuerdo más lindo que tengo.

-A esa altura, se pensaba que en ese equipo de Nacional habías dado el primer espaldarazo. Pero surgió antes… ¿O no?
-Sí, con la selección en el Sudamericano Sub 20 de Venezuela 1999… Carreño me había subido a la Primera de Nacional, pero no nos había ido muy bien. Entonces, lo echaron al entrenador y asumió otro que me bajó a Tercera y me alternó en Primera. En ese momento, yo no rendía bien, y se comentaba que no aprovechaba las oportunidades que me daban en Nacional, que había que ver a otros chiquilines… Viste cómo es la gente: nunca se conforma… Y yo tenía apenas 19 años… Y, bueno, me llegó el tiempo para prepararme para ese Sudamericano Sub 20 y sabía que no podía dejar pasar el tren. Era el capitán de mi generación, uno de los pocos que jugaba en Primera, y sentía que era mi última posibilidad para mostrarme. Entonces, me entrené muchísimo, y tuve la suerte de haber tenido a un excelente entrenador como Diego Aguirre. El y su cuerpo técnico me ayudaron un montón, me dieron confianza, y aparte teníamos un cuadrazo. En el primer partido de ese torneo, ganamos 2-0, metí los dos goles, y dije: “Es la mía”. Nos fue bien, nos clasificamos al Mundial Sub 20 de Egipto de ese año, y al regresar a Nacional, me pusieron como titular, salimos campeones del Uruguayo, y es como que me estaba ganando un nombre en el club. Después, jugué el Mundial Sub 20, anduvimos bien, y volví a Nacional con más confianza todavía. Ese fue uno de mis mejores momentos, cuando me afirmé del todo en la Primera del club. Y ahí me venden a Holanda.

 

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A los 26 años, vive un 2015 brillante: recobró la felicidad en Boca y será padre primerizo en julio.

Lejos de su timidez, se suelta en pleno desarrollo de la producción de tapa en la sala de prensa del segundo piso de la Bombonera. Ya se superaron los 36 minutos de charla, y Nicolás admite que le está pasando bien, mientras denota sin pronunciar palabra que le fascina tener la pelota en su poder, en este caso una de Boca. A diferencia de lo que se observa en la cancha –porque la entrega rapidísimo, y casi siempre con buen destino–, no la soltó en lo que va de entrevista, la mantuvo debajo de su brazo izquierdo, y recién la dejaría tras 51 minutos, tiempo desde que el grabador se prendió hasta que se apagó.

Hombre que no puede vivir sin el mate –ley primera para un charrúa–, blanquea que no utiliza redes sociales porque no le interesa. “Soy muy tranquilo, familiero –anticipa–. Me encanta hacer asados e irme a una casa que tengo en Uruguay para descansar en la playa. Entonces, me encierro en esa casa y bajo a pescar; y me gusta que vengan mis amigos, mis familiares, que se sientan cómodos y hagan su vida. Disfruto cuando estoy rodeado de gente que quiero, que sea tranquila como yo”.

-¿Sos un buen pescador?
-Sí (afirma y se come la risa).

-Mirá que todos los pescadores tienen fama de mentirosos…
-Es cierto… Arranqué a pescar porque me gustaba acompañar al que pescaba, y ahí miraba. Yo cebaba para tomar unos mates, charlaba y me desestresaba; eso me transmitía tranquilidad. Entonces, íbamos con un grupo de amigos, nos sentábamos en las sillitas y tirábamos la caña, y me gustó. Después, me compré una caña y me armaba el aparejo, el reel… Pero es verdad: cuando no sacaba nada, y por eso no llevaba ningún pescado para casa, decía: “Saqué algo así (abre diez centímetros sus dedos índices), pero lo tiré porque no sabía lo que era”. Y, mentira, si no había agarrado nada (se ríe). Encima, iba a tirar hasta con lluvia, si estaba aburrido, y no enganchaba nada porque el mar estaba repicado. Y cuando volvía, me preguntaban cómo me había ido y contaba lo que supuestamente había sacado.

-Tu vida ya no era la misma a principio de 2010: firmaste con Ajax y afrontaste tu primera vivencia en una capital europea. ¿Cómo resultó?
-Amsterdam es hermoso. Si hubiese jugado lo que quería, me habría quedado a vivir. Me trataron excelente, me acostumbré a la ciudad, más allá de que el idioma me costó. Pero, bueno, mejoré mucho mi inglés para comunicarme. Encima, ya habíamos hecho amigos uruguayos allá, amigos holandeses también, y teníamos una vida con mi señora. Por eso, los recuerdos de Holanda son los mejores.

-¿Cuál era el paseo que les encantaba?
-A nosotros nos gustaba ir a un pueblo que se llama Marken, y cada vez que nos visitaba un familiar o un amigo lo llevábamos para ahí. Marken es un pueblito pesquero, tradicional y conservador, en el que todavía viven holandeses con las costumbres de antes: la gente usa zuecos, no dejan entrar autos y todos andan en bici. Es como una isla, la costa está ahí, y hay un montón de bolichitos antiguos… Si bien es turístico, no hay tantas personas dando vueltas porque queda a 30 o 40 minutos de Amsterdam. Entonces, cuando tenía libre, íbamos con mi señora para tomar mate y pasar la tarde en Marken.

-En Ajax, te presentaron con un número de camiseta raro para tu gusto: el 45. ¿Por qué?
-(Sonríe). Yo jugaba con la 14: había debutado en la selección de Uruguay con ese número, y en Nacional lo mismo. Pero la 14 no se puede usar en el Ajax porque era la de Cruyff. Como me incorporé al equipo en enero, en la mitad de la temporada, la lista de los números estaba armada, y dije que me dieran cualquiera y me entregaron la 45.

-Luis Suárez, tu compatriota que hoy brilla en Barcelona, era el capitán de ese Ajax. ¿En qué te ayudó?
-Teníamos una amistad con Luis que venía desde Nacional y la selección, pero ahí la amistad se hizo más fuerte porque, cuando llegué, él fue como un padre para mí. Luis y su mujer estaban adaptados a la vida en Holanda y me aconsejaban: “Hacé esto, andá para acá, para allá”. Luis, entonces, me facilitó todo; yo no hablaba nada y él me ayudó muchísimo.

-¿Qué enseñanzas te dejó en lo futbolístico?
-Varias… ¿Quién no quiere jugar con Luis? Si resuelve todo… Allá, en Holanda, hacía cosas que a veces me solucionaban la vida: iba y chocaba, o se encaraba a dos o a tres, yo quedaba solo, y me la pasaba; también genera espacios para los compañeros al arrastrar muchas marcas… Traté de sacarles jugo a esas cosas. Y entrenarte con él, y con Darío Cvitanich, era un placer porque nos reíamos y la pasábamos muy bien.

-¿Qué le agregaste a tu juego en Holanda?
-Si bien no soy un jugador que se queda en una posición fija, aprendí a respetar el orden táctico porque si no, me mataban, sobre todo por la escuela del Ajax. Ahí, vos tenés que hacer tu trabajo y jugar en tu sector, y si otro compañero no lo hace, es culpa de él. Entonces, yo debía hacer movimientos, en los que no tocaba la pelota pero generaba un espacio para otro. Y llegó un momento en el que repetía esos movimientos, hacía todo para los demás, y no me gustaba. Pero tenía que hacer eso para jugar, porque la prioridad era el orden táctico.

-Entonces, ese buen retroceso táctico que mostraste en Boca, ya veo dónde lo mamaste…
-En el Ajax, sí, por esto que contaba…

-A mediados de 2012, te sumaste a Botafogo, y para el segundo semestre de 2014, a Corinthians. ¿Qué conceptos incorporaste en Brasil?
-Llegar al área para convertir, sobre todo. Eso era lo que me pedían los entrenadores. Ahí se dio lo contrario a lo que viví en Holanda, porque los técnicos me daban libertades y tal vez me desordenaba un poco. Pero, bueno, tener ciertas libertades es lo que me gusta. Y, también, mejoré un poco en la marca. Cuando jugaba de extremo, tenía que acompañar al lateral… Viste que los laterales brasileños son como punteros, les gusta más atacar que defender. Entonces, me iba hasta la línea de fondo de nuestro arco y terminaba a veces dentro de la línea de cuatro.

 

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“Quiero triunfar en Boca, y por esto tengo que hacer todo lo que me pidan”, afirma.

“La Boca es alegría, La Boca es carnaval…”.

La Doce agita, los bosteros cantan, y la Bombonera late, parece venirse abajo. En el repertorio del cancionero, suena una en la que se aguijonea a River y en la que se enuncia el sentimiento del barrio, el mismo que el uruguayo reconoce haber recobrado en apenas dos meses en Boca. El disparador para desembocar en semejante confesión resulta una pregunta en la que se intenta trazar un paralelismo entre su pasado y su presente: Nico, ¿qué conservás de aquel zurdito que pintaba bien en la Primera de Nacional? “Varias cosas: querer estar en contacto o cerca de la pelota, el hecho de correr mucho… Los técnicos me decían que corría de más a veces, y hoy también me pasa, lo siento… Y, volviendo a la pregunta, tengo las ganas de ganar de siempre y me sigo enojando cuando las cosas no salen –asegura–. Pero sentí por momentos que había perdido muchas cosas al irme de Nacional. Aquel era un momento muy lindo en mi carrera, estaba con mucha confianza y en un nivel altísimo. Aunque después perdí muchas cosas; hoy, en Boca, encontré todo eso de nuevo y estoy volviendo a ser el jugador que fui gracias a la confianza que me dan en el club y lo bien que me hacen sentir”.

-Mirá vos… ¿Pero qué habías perdido exactamente que ahora recuperaste en Boca?
-La confianza, que la había perdido totalmente, sobre todo en el Ajax porque tuve momentos muy buenos en Botafogo y en Corinthians. Pero también había perdido otras cosas desde que me fui de Nacional: no me enojaba tanto cuando perdía, veía al fútbol de otra manera, ya no me divertía, y me ponía mal porque lo más lindo es hacer lo que a uno le gusta: jugar al fútbol divirtiéndose. A veces, cuando me entrenaba, me quería ir a casa; y terminaba un partido y lo pensaba: “Pucha, estoy perdiendo lo lindo que tiene el fútbol que son esas ganas de jugar, de divertirse”. Por suerte, cuando llegué acá, a Boca, no sé por qué, reaparecieron esas sensaciones lindas que tenía en Nacional, como que las reviví, porque disfruto, la paso bien y hago realmente lo que me gusta.

-¿Sólo recobraste la felicidad, que es mucho, o ya le incorporaste alguna cuestión a tu juego en este poco tiempo en la Argentina?
-Por suerte, recuperé lo que me faltaba: divertirme y disfrutar del fútbol. Ya cuando lo tomás como una rutina, cansa y no te sirve. Y en Boca, lo disfruto y, como te decía, siento que hago realmente lo que me gusta. Después, sé que quiero triunfar en Boca, y por eso tengo que hacer todo lo que me pidan. Si bien miraba al fútbol argentino por televisión, no deja de ser un fútbol nuevo para mí, y eso me generaba intriga. Se lo veía con mucha marca, con rivales duros, y se juega y se mete como en el uruguayo, pero con mayor intensidad. Entonces, junté todo lo que aprendí, todo lo que me enseñó el Maestro Tabárez que me puso en la selección de mi país de doble cinco, una posición en la que nunca pensé que jugaría porque además de jugar, tenés que marcar… Y, bueno, como quiero triunfar, tendré que poner todo de mí para que las cosas se den. Fue una apuesta grande la que hice al venir acá (forzó su salida de Corinthians), es un lindo desafío, y estoy mezclando lo que aprendí por todos lados y las cosas están saliendo bien.

-¿Romperla en Boca te dará un salto de calidad aún mayor?
-Sí, por lo que Boca es, por su magnitud. Si me fuera bien en Boca, daría un tremendo salto de calidad porque confirmaría lo que soy como jugador, y en uno de los clubes más grandes del mundo. La gente me recuerda como un jugador que está creciendo, y yo ya tengo que ser una realidad. Por eso, deseo que me vaya bien.

-“Boca es más grande de lo que imaginaba”, afirmaste hace poco. ¿En qué sentido, por qué te resulta así?
-Mirá, llegué como a las 2 y media de la mañana y había hinchas esperándome en la puerta, y como decías antes –al principio de la nota–, ni me conocían. Si bien me habían nombrado en los medios en esa semana, la verdad es que no sabían quién era yo. Para los tipos, era un uruguayo, y nada más. Pero estaban ahí para felicitarme y contentos de que me incorporara al club. Después, todo lo que Boca maneja a nivel prensa no lo había vivido nunca, sobre todo yo que soy un poco tímido. Pero acá, y en todo este tiempo, hablé más que en toda mi carrera. Me acuerdo de mi primer día, que fue impresionante: empecé a las 7 para hacerme los exámenes médicos y regresé a casa a las 11 de la noche. Y, por otro lado, lo más lindo es cómo lo vive el hincha de Boca, y sentir esa pasión.

 

Lodeiro asombró con su talento en apenas dos meses en Boca, durante el amanecer de la temporada. El volante creativo, que puede arrancar como volante por izquierda –su posición natural–, doble cinco de juego, extremo por cualquiera de las dos bandas, enganche o detrás del 9, aparenta saberlo todo: cuándo jugar a uno o dos toques, cuándo pasarla corta o larga, cuándo conviene asistir o mantener la posesión para encontrar el hueco. Como si fuera un detalle, simplifica el juego –sea con una pincelada o con un sorprendente movimiento sin pelota– para agilizarlo, y se convirtió en la primera opción de pase cuando Fernando Gago inicia el ataque. Inteligente para tocar y ocupar el espacio vacío, sorprendió tanto con su compromiso en la recuperación como con su correcto retroceso. El hombre de Paysandú, en definitiva, se tornó una caricia para el fútbol argentino, y el hincha xeneize lo reconoció al ovacionarlo por primera vez tras haber sido reemplazado ante Zamora en la Bombonera, por la Copa Libertadores, en la noche que tuvo su ansiado bautismo de gol con la azul y oro.

Sin embargo, al repasar de manera apresurada su levantada anímica, surge la duda: ¿esto sólo se vincula con el magnetismo que Boca genera o hay otros factores que también influyen? “Este año se vino con todo: esperamos con Micaela, mi señora, familia para julio. Ella es mi pareja desde que estaba en Nacional, y ya era hora de buscar, queríamos los dos. Esta es una de las etapas más lindas de mi vida”, sentencia Nico.

-Qué año movido: tu gran inicio en Boca y el eco que produce, el bebé que está por venir, y la cercanía con tu país, también imagino…
-Sí, lo que más me gusta de Buenos Aires es que estoy cerca de Uruguay, que mi familia me puede acompañar, que mis amigos me pueden ver todos los fines de semana por televisión… Cuando me fui lejos de mi país, extrañaba ese contacto con los afectos. Por suerte, estoy viviendo todas cosas lindas: juego en el club más grande de la Argentina y todo va bien; hago lo que me gusta, mi familia me acompaña, y voy a tener un hijo que nacerá en Buenos Aires. Creo que este es un tremendo año.

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 Experiencia celeste

Cumplió 26 años el 21 de marzo pasado. Si bien es joven para la proyección de carrera de un futbolista promedio, ya disputó tres competencias de envergadura con el seleccionado mayor uruguayo: Mundial de Sudáfrica 2010 (histórico cuarto puesto) y de Brasil 2014 (cayó en octavos de final), y Copa América de Argentina 2011 (campeón, título que los charrúas no conseguían desde la edición de 1995). “Jugar estos torneos es lo más lindo que le puede pasar a un jugador, y sobre todo traté de disfrutarlos”, remarca. Fenómeno, Nico, ¿pero qué enseñanzas te dejaron? “En mi segundo Mundial, ya estaba más tranquilo; aunque en el primero que jugué, no: me dejé llevar por la ansiedad y los nervios. De hecho, me echaron en el debut contra Francia y me quería matar; y eso se dio por las ganas de más que tenía por intentar hacer todo bien, por tratar de entregarme más de la cuenta… Y no, hay que tranquilizarse. Si estás ahí, es por algo, y no hay que querer hacer más de lo que hacés siempre. Entonces, es importante saber manejar la ansiedad en momentos clave. Y, por otro lado, son torneos únicos, que no se juegan tan seguido, y si tenés la suerte de ser convocado para representar a tu país, no queda otra: tenés que disfrutarlos con responsabilidad, porque no te los vas a olvidar nunca. Capaz que ahora no te das cuenta, pero el día de mañana le vas a contar a tu hijo que jugaste un Mundial, en mi caso dos, y que ganaste una Copa América, y en la Argentina, que es más difícil todavía”, sostiene.

Por Darío Gurevich / Fotos: Alejandro del Bosco, Jorge Dominelli y Archivo El Gráfico / Ilustraciones: Gonza Rodríguez 

Nota publicada en la edición de abril de 2015 de El Gráfico

http://www.elgrafico.com.ar/2015/05/29/C-8107-nicolas-lodeiro-genialidad-y-sencillez.php

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